La riqueza es una maldición para quien ignora lo que cuesta conseguirla.
Al sabio se le conoce en la desgracia;
al necio, en la fortuna.
Es fácil elogiar lo ajeno para quien valora lo propio.
Nada es tan vulnerable como la felicidad del que la publicita.
La libertad de pensamiento a menudo aprovecha para pensar lo mismo que los demás.
El sabio prefiere el éxito ajeno al fracaso propio;
el necio, el fracaso ajeno al éxito propio.
Para que alguien persiga un objetivo, nada es tan efectivo como hacerle huir de lo contrario.
Sin lo que no fue, uno no sería.
A quien admiras, procuras contarle tus logros;
a quien deseas que te admire, evitas contarle tus fracasos.
El necio total no es el que ignora su necedad, sino el que se enorgullece de serlo.